Neurodesarrollo,
Parálisis Cerebral y Rehabilitación
La
parálisis cerebral infantil (PC) define
a un grupo de trastornos motores, caracterizados
por una alteración en el control de
los movimientos y la postura, causados por
una lesión cerebral ocurrida en el
período de crecimiento acelerado del
cerebro (desde el desarrollo prenatal hasta
los cinco años de vida). Si bien la
lesión es no progresiva, las manifestaciones
clínicas pueden variar con el tiempo
(1). Constituye en la actualidad la principal
causa de discapacidad física en la
infancia (2), y pese a los avances en el cuidado
de la embarazada y la medicina perinatal,
es un problema de salud que mantiene una incidencia
estable en las últimas décadas,
estimándose hoy en Estados Unidos que
la PC moderada a grave afecta a 1.5-2.5 por
1.000 recién nacidos vivos (1). Esta
constancia en la frecuencia se atribuye a
que, si bien han disminuido las secuelas de
accidentes obstétricos o de kernicterus
con la mejoría en calidad y acceso
a unidades de tratamiento intensivo neonatales,
ha aumentado la supervivencia de muchos niños,
prematuros en su mayoría, lo que conlleva
el riesgo de las secuelas de la prematurez.
Desde
el punto de vista de la distribución
del compromiso motor, la PC se clasifica en:
tetraparesia cuando hay compromiso relativamente
simétrico de las cuatro extremidades
(aunque en general mayor en extremidades superiores),
hemiparesia cuando se compromete un hemicuerpo
y diplejia cuando se comprometen principalmente
las extremidades inferiores. En cuanto al
tipo de compromiso motor se clasifican en
parálisis cerebral espástica,
extrapiramidal (coreoatetósica, distónica),
atáxica y mixta, reconociéndose
actualmente que las formas completamente puras
no son muy frecuentes.
En
el manejo de los pacientes con parálisis
cerebral hay que considerar que, si bien el
trastorno motor es lo que define el cuadro,
lo habitual es que los pacientes presenten
otros problemas asociados, siendo lo más
frecuente el déficit cognitivo, epilepsia
y las alteraciones sensoriales (visión
y audición), que también requieren
de un manejo específico. Respecto de
las áreas de intervención, el
Cerebral Palsy Center de St. Louis, las divide
en: 1.comunicación y educación,
2.movilidad, 3.entrenamiento físico,
y 4.independencia (3), enfatizando el concepto
de que un paciente con parálisis cerebral
no es un “paralítico cerebral”
sino una persona con múltiples necesidades
y potencialidades, que deben ser consideradas
en su conjunto.
Existe
consenso en cuanto a que el tratamiento de
los pacientes con PC debe ser multidisciplinario
y cubrir las diferentes áreas de necesidad.
Con respecto al rol de la terapia física,
ésta está orientada a la prevención
de contracturas y patrones motores anormales,
manejo del tono muscular, desarrollo de la
fuerza muscular y la promoción de posturas
y movimientos fisiológicos(4).
Los
niños con PC generan una gran demanda
de servicios en salud. Un estudio realizado
en el Reino Unido (5), arrojó que de
una serie de 180 pacientes entre 4 y 14 años
con PC moderada a severa, el 96% había
acudido en los últimos 6 meses a un
terapeuta físico (kinesiólogo),
69% a un terapeuta ocupacional, 63% a un terapeuta
de lenguaje y 60% al pediatra. De los pacientes
en terapia física, 83% la recibía
al menos una vez por semana, y las sesiones
duraban 15-30 minutos en el 75% de los casos.
No obstante este estudio no describe la modalidad
de intervención física utilizada,
ni evalúa los resultados de las intervenciones,
y destaca la importancia que los padres de
los niños asignan al fisioterapeuta
o neurorehabilitador, quien tiene un rol esencial
en capacitar a la familia en la terminología
necesaria para entender los objetivos de la
neurorehabilitación, entrenar en medidas
específicas que permiten incorporar
la rehabilitación a la vida diaria,
y actúa como mediador entre la familia
y el equipo de neurorehabilitación
frente a las decisiones terapéuticas.
Existen
en el mundo múltiples modalidades de
intervención que se ofrecen a niños
con diferentes anormalidades del neurodesarrollo
(parálisis cerebral, retardo mental,
autismo infantil, trastornos de aprendizaje
o lenguaje, etc.), algunas de amplia difusión
en países desarrollados, otras con
escaso número de “seguidores”
(6). Sin embargo, a pesar de la prevalencia
de estos trastornos y de la multiplicidad
de tratamientos ofrecidos, existe muy poca
literatura que respalde su indicación.
Tanto es así que algunas de estas terapias
no cuentan con publicaciones de ningún
tipo en revistas científicas, sino
que se difunden a través de la prensa
o medios publicitarios. Pese a ello muchas
familias están dispuestas a intentar
“todo lo posible” por encontrar
una “cura” para el problema de
sus hijos, aún cuando estas medidas
pudiesen ser inútiles, costosas o potencialmente
perjudiciales (6).
Considerando
los datos epidemiológicos y la oferta
de terapias disponibles, y tomando en cuenta
que las necesidades en salud son infinitas
y los recursos limitados, se hace necesario
conocer la evidencia disponible que respalda
la indicación de ciertas terapias en
pacientes con parálisis cerebral o
en riesgo de desarrollarla (según las
definiciones utilizadas por diferentes disciplinas
(2, 7), a fin de tomar decisiones médicas
mejor fundamentadas.
Entre
las modalidades de intervención, existen
algunas con un modelo teórico definido,
dentro de las cuales están aquellas
que utilizan un enfoque neurofisiológico,
como la terapia Bobath o de “Neurodesarrollo”,
ampliamente utilizada en el Reino Unido y
Estados Unidos, y la terapia Vojta, de gran
difusión en países escandinavos
y resto de Europa. Existen además modelos
de intervención basados en estimulación
temprana, utilizados en muchos servicios de
rehabilitación (8).
Existen
múltiples dificultades para evaluar
la eficacia de las distintas terapias motoras
en parálisis cerebral. En primer lugar,
las intervenciones físicas no tienen
una “dosis” estándar ni
una forma específica y única
de ser administradas (usando la analogía
de un fármaco cualquiera, que se indica
una dosis “x” cada “y”
horas y durante “z” días,
luego de lo cual se evalúa la respuesta)
(9). En segundo término, es difícil
separar el efecto de la terapia en sí
de la infinidad de variables involucradas:
efectos de la maduración, escalas de
evaluación, motivación, estado
general de salud, otras intervenciones terapéuticas
concomitantes, etc. (10) y de la forma de
medir la evolución del cuadro (11).
Por último, tomando en cuenta la experiencia
clínica y las complicaciones observadas
en la evolución de pacientes con PC
moderada o grave sin ningún tipo de
intervención motora (contracturas,
luxaciones, etc.), hoy se considera éticamente
inaceptable dejar a pacientes sin intervención
alguna para compararlos con otros que hayan
recibido la terapia en estudio.
Comparación
de trabajos en las últimas décadas
En
un artículo publicado el año
2002 en Developmental Medicine and Child Neurology,
revista dedicada a los trastornos del neurodesarrollo
(2), se realiza un análisis cualitativo
de las publicaciones referentes a métodos
de intervención motora en niños
con PC, excluyendo farmacoterapia e intervenciones
neuroquirúrgicas y ortopédicas,
que forman parte del manejo de la PC. En este
meta-análisis se compara el período
1990-2001 con la década previa 1980-1989
(analizada en una publicación similar
publicada en 1991). Los autores destacan que
los trabajos realizados entre 1980 y 1989
no permiten extraer ninguna conclusión
sobre la eficacia de las intervenciones terapéuticas,
básicamente por la mala calidad de
las investigaciones (muestras de pacientes
muy pequeñas, mediciones pobres, problemas
con los grupos control y otras consideraciones
técnicas y éticas). En tanto,
en la revisión del período 1990-2001
destaca la incorporación de instrumentos
de evaluación, tales como “Gross
Motor Function Measure” (GMFM) y “Pediatric
Evaluation of Disability Inventory“
(PEDI), y las descripciones más detalladas
sobre las características de los grupos
evaluados (número de integrantes, sexo,
edad). El número de pacientes incluidos
en las diferentes publicaciones variaron de
1 a 66, y de los 49 estudios incluidos en
la revisión, sólo cuatro tenían
más de 50 pacientes, sumando entre
todos los estudios un total de 896 pacientes
de edades entre los 4 meses y los 21 años,
con un promedio de 7 años.
De
los niños incluidos, 239 tenían
cuadriplejia, 190 hemiplejia, 186 diplejia
y en 281 el tipo de compromiso motor no estaba
detallado, lo que imposibilita un análisis
comparativo de los resultados. La mayoría
de las terapias fueron administradas en centros
de rehabilitación y en modalidad uno
a uno (terapeuta-paciente). La frecuencia
de las sesiones iba desde una vez por semana
hasta sesiones diarias, con una duración
por sesión desde 5 minutos hasta todo
el día escolar, y la duración
total del programa de intervención
iba desde una sesión única hasta
dos años.
En
comparación al período anterior
(1980-1989), la descripción de los
diagnósticos médicos y psicológicos
mejoró levemente, la descripción
de las características del tratamiento
no mejoró significativamente, pero
hubo un cambio en cuanto a la frecuencia,
duración y lugar de administración
de las terapias (aumento de la intensidad).
Con respecto a la metodología, de los
49 trabajos evaluados, 20 usaron algún
grupo control; 27% fueron catalogados como
nivel I y 39% como nivel II de acuerdo a su
nivel de evidencia, lo que muestra una mejoría
con respecto a los trabajos previos. Además
se encontró un aumento en la validez
interna y externa de los trabajos.
A
pesar de los avances en cuanto a la calidad
metodológica de los trabajos, los autores
destacan que la falta de resultados positivos
a favor de las terapias evaluadas no permite
fundamentar científicamente su aplicación,
incluso sugiriendo que a medida que ha mejorado
la calidad de la investigación, han
disminuido los resultados positivos (2).
Terapias
de Neurodesarrollo: su efecto en la Parálisis
Cerebral
Los
conceptos de terapia de “neurodesarrollo”
o método Bobath, corresponden a una
“terapia especializada, orientada a
tratar los trastornos del movimiento y la
postura derivados de lesiones neurológicas
centrales” (12). Tiene su origen en
Londres en la década del 40, y desde
esa época ha experimentado un cambio
en sus fundamentos teóricos y ha dado
origen a diferentes escuelas, por lo que hoy
existen muchos tipos de terapia de neurodesarrollo.
Sus promotores postulan que es de utilidad
tanto en el tratamiento de trastornos motores
ya consolidados, como en la prevención
de éstos en niños considerados
de riesgo.
Cuando
se intenta determinar la utilidad de estas
terapias, el primer obstáculo es decidir
qué intervenciones incluir en la evaluación,
pues en distintos centros a lo largo del mundo
es aplicada de diferente modo, por profesionales
con distinto nivel de instrucción en
el método y con distintas intensidades
(9).
La
Academia Americana de Parálisis Cerebral
y Medicina del Desarrollo, publicó
el año 2001 una revisión sobre
la utilidad de las terapias de neurodesarrollo
(NDT) (9). Incluyeron 21 trabajos realizados
entre 1973 y el año 2000, con un total
de 416 pacientes, y definieron 101 variables
resultantes (en el conjunto de trabajos) que
incluían aspectos motores, edad de
desarrollo, lenguaje, actividades sociales,
contracturas, respuesta materna, etc., y que
fueron analizados con distintas metodologías
(cuestionarios, escalas de desarrollo, goniómetro,
análisis por video, etc.). Los grupos
estaban conformados por 1 a 50 pacientes.
De estos estudios sólo dos publicaron
estimaciones del poder del estudio y número
necesario de pacientes para encontrar diferencias
clínicamente significativas, sin embargo
no alcanzaron los números estimados.
Debido a lo anterior, es posible que hayan
existido diferencias en los grupos, pero por
deficiencias en la aplicación del diseño
no haya sido posible pesquisarlas.
De
los resultados y conclusiones de esta revisión
destaca información no consistente
en cuanto a la respuesta motora, y la falta
de evidencia de mejores resultados con mayor
intensidad de terapia. Con relación
al desarrollo de contracturas, se encontró
una limitación articular menor cuando
se evaluaba inmediatamente después
de 20-25 minutos de terapia, un estudio (clase
IV) mostró beneficio con 6 semanas
de intervención y 6 trabajos (con evidencia
global clase II) no mostraron beneficios en
un seguimiento de hasta 12 meses. Al evaluar
efecto en desarrollo psicosocial, no se encontró
diferencias entre grupos con NDT y controles.
Indagando sobre posibles factores predictores
de buena respuesta a tratamiento, tales como
edad, tipo de compromiso motor, inteligencia,
etc., no se encontraron resultados concluyentes;
como tampoco se reportaron efectos adversos
al NDT. La ausencia de efectos positivos demostrables,
puede atribuirse al escaso número de
pacientes en cada grupo, a su gran heterogeneidad
o a la metodología de evaluación
utilizada, porque en algunos casos se podría
considerar como “clínicamente
significativo”, por ejemplo, la ausencia
de complicaciones en el tiempo, pero el instrumento
de evaluación pudiera no ser suficientemente
sensible.
Otro
estudio publicado el año 2002 (10),
evaluó el efecto funcional de un curso
de terapia Bobath de seis semanas en un grupo
de 15 pacientes con PC. Dentro de los aportes
de este estudio destaca que la introducción
de objetivos funcionales en la terapia, mejora
los resultados, pues los aspectos que fueron
definidos como objetivos de la intervención
(Ej. subir escaleras) fueron aquellos en que
se obtuvieron más avances.
Finalmente,
es necesario destacar que la falta de hallazgos
positivos en estos análisis de la evidencia
relacionada a la eficacia de una terapia en
PC no es una prueba de la falta de utilidad
de ésta, sino más bien el llamado
a realizar investigaciones de mejor calidad
que determinen su real aporte en el tratamiento
de los pacientes con PC.
Estimulación
temprana
Nadie
discute la importancia de la experiencia sensorial
en los niños (sanos o con algún
trastorno) durante su período de desarrollo.
En ese contexto surge el concepto de estimulación
temprana, definido como “la estimulación
regulada y continua, llevada a cabo en todas
las áreas sensoriales, sin forzar en
ningún sentido el curso lógico
de la maduración del sistema nervioso
central, y determinada por su carácter
sistemático y secuencial” (13).
En
un estudio retrospectivo realizado en el Centro
de Restauración Neurológica
de La Habana, Cuba (8), se revisa el rol de
la estimulación temprana en 20 pacientes
con PC y retraso del desarrollo psicomotor.
Al comparar su desempeño en pruebas
de desarrollo psicomotor antes y después
del período de intervención,
todos los pacientes presentan una mejoría,
con adquisición de nuevas habilidades.
Si bien en esta publicación no aparece
análisis estadístico, podría
sugerir que aunque la estimulación
temprana no mejora la parálisis cerebral,
puede ayudar al desarrollo integral de los
pacientes.
Conclusiones
Del
análisis de la literatura realizado,
puede concluirse que hasta el momento, no
existe evidencia sólida que respalde
la indicación por parte del médico
de un tipo de terapia de rehabilitación
motora por sobre otra. Esto no significa que
se deba negar a los niños con parálisis
cerebral una intervención motora y
dejarlos a su evolución natural (con
el riesgo de deformidades, contracturas, acentuación
del retraso psicomotor, etc.) sino que por
el contrario, que la indicación de
una terapia debe ser basada en objetivos funcionales
y adaptativos, incluir al paciente, a la familia
y a la escuela (11), siendo prioritaria la
reevaluación periódica de los
resultados en forma crítica (14). Parece
imprescindible además, para los profesionales
involucrados en neurorehabilitación,
participar activamente en trabajos de investigación
que busquen determinar las mejores intervenciones
disponibles, considerando las dificultades
de la investigación clínica
en rehabilitación motora.
En
conclusión, es una necesidad para los
miembros del equipo de neurorehabilitación
mantenerse actualizados en los avances de
la investigación, a la luz de la Medicina
Basada en Evidencias, y estar atentos a la
aparición de nuevas técnicas
validadas en forma científica potencialmente
útiles en niños con PC, a fin
de ofrecer a los pacientes alternativas terapéuticas
racionales y fundamentadas.
Agradecimientos:
A la Dra. Karin Kleinsteuber por sus sugerencias
y revisión del manuscrito.